Domingo Mundial de las Misiones:

El ejemplo arrastra

Isaías 56, 1.6-7

“Mi templo será la casa de oración para todos los pueblos”

 Salmo 66

“Que todos los pueblos conozcan tu bondad”

 I Carta a Timoteo 2, 1-8

“Dios quiere que todos los hombres se salven”

 

 Evangelio según San Mateo 28, 16-20:

 

“En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

 

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñan a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”  Palabra del Señor.

 

Vale la pena creer en el Evangelio

 

“No puede uno resistirse al encanto de una vida así: por fuerza tiene que cuestionarse sobre las bases y razones de su actuar” El voluntario europeo que vino a participar de los trabajos comunitarios explica sus palabras: “Vine yo con toda la intención de ayudar a quienes sufren la marginación y la pobreza. Es muy poco lo que he aportado y lo he hecho de todo corazón. Pero es mucho más lo que he aprendido. Al principio me ponían en shock  las actitudes de la comunidad. Para todo tenían que hacer oración, buscar la palabra de la Biblia. Pero cuando descubrí que no solamente son palabras, que su compromiso es en serio, que están dispuestos a compartir lo poquito que tienen, que en todo momento ponen a Dios como la razón de su vida, cuando te abren el corazón y luchan por ti que apenas te conocen… Cuando son coherentes entre lo que dicen y lo que hacen, no puede uno menos que cuestionarse por qué nosotros hemos dejado la fe y la tenemos olvidada, criticada y considerada como un retraso. Cuando contempla uno vidas así, necesariamente tiene que decir que vale la pena creer en el Evangelio”

 

Domingo Mundial de las Misiones

 

Hoy celebramos el día mundial de las Misiones y nos ponemos a contemplar a Jesús, tal y como nos lo presenta San Mateo porque así entenderemos mejor lo que significa misionar. Con frecuencia entendemos que misionar significa solamente ir a enseñar a los que no conocen a Jesús poniéndonos nosotros como maestros y ejemplos a seguir… pero misionar significa mucho más. Para iniciar, el lugar de la cita donde Jesús manifiesta su mandato es en Galilea. Y ya sabemos nosotros todo lo que significa Galilea: es el lugar y la forma que escogió Jesús para cumplir la misión encomendada por el Padre. Galilea significa el pobre y el pequeño asumido con amor. Galilea manifiesta el rechazo y los conflictos que sufrió Jesús por anunciar su evangelio. Galilea nos enseña el camino para asumir la responsabilidad de ser discípulos de Jesús. El lugar es pues Galilea pero también es el monte. Así se unen los dos polos que jalonan la misión: desde el pobre pero encaminada directa y expresamente hacia Dios; desde el marginado pero para hacerlo partícipe del mayor de los amores. No puede haber otros intereses ni otras ganancias. La misión debe estar encaminada hacia Dios, hacia su voluntad, hacia su plan de salvación: hacer de todos los hombres una gran familia donde sólo haya un Padre común de todos.

 

La base de la Misión

 

El mandato de Jesús se sustenta en una premisa que nunca podremos olvidar: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Desde este principio de su ministerio queda muy claro cuál es su poderío. Cuando los discípulos pretendieron hacer resaltar el poder de Jesús, se encontraron con un poder muy diferente al que tienen de los jefes de las naciones que las oprimen y tiranizan; su reinado está basado en el servicio: no ha venido a ser servido sino a servir; no ha venido a condenar sino a dar vida y plenitud. Ese es el Señorío de Jesús y ésta es la premisa que manifiesta a sus discípulos. Es desde esta perspectiva que los discípulos de Jesús dispersos por todo el mundo deben trabajar y esforzarse. De ningún modo la Iglesia debe actuar para extender su poder o afirmar su dominio, sino para llevar a todos a Cristo, salvación del mundo. Los discípulos no debemos pedir otra cosa sino ponernos al servicio de la humanidad, especialmente de aquella más sufriente y marginada, porque creemos que el esfuerzo orientado al anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo es la única forma de hacer visible el Reino de Dios.

 

“Vayan y enseñen a todas las naciones”

 

El objetivo del mandato de Jesús son todos los hombres. La humanidad entera tiene la vocación radical de buscar su fuente en Dios y de encontrar en Dios el destino de su caminar. Sólo en Jesús se puede restaurar el hombre quebrantado y dividido. La dispersión, la multiplicidad, el conflicto, la enemistad, encontrarán su paz y serán reconciliados mediante la sangre de la Cruz y nuevamente conducidos a la unidad. Lo que ya se preveía en todo el Evangelio de San Mateo ahora se hace explicito y con carácter de mandato: no puede haber exclusivismos, no puede haber privilegios, no puede haber condena para los otros pueblos por el simple hecho de ser “otros”; el plan de salvación por el que Jesús ha dado la vida implica la restauración de la hermandad universal colocada en los brazos amorosos de un solo Padre. A un mundo que deambula en la oscuridad y el pesimismo, los discípulos de Jesús deben ofrecer y contagiar su esperanza, no basados en sus propias fuerzas o en sus propios métodos, sino en el poder y fortaleza de Jesús que dando la vida y resucitando nos abre caminos nuevos para que todos los pueblos unidos sean el único pueblo de Dios.

 

“Enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado”

 

La forma en la que el discípulo debe enseñar, es la misma forma en que lo hizo Jesús. Enseñaba con autoridad y no como los escribas y fariseos. Su autoridad se basada en vivir lo que enseñaba y de ahí brotaba la admiración de todas la gentes. Quizás nosotros hayamos hablado mucho y actuado poco. Por eso el mundo en que nos movemos no manifiesta los valores del Reino, sino todo lo contrario. Las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen el proyecto del Padre y nos interpelan a un mayor compromiso a favor de la vida que nos ofrece Jesús. Hemos aprendido de Jesús que la vida se acrecienta dándola y se debilita en el egoísmo, en el aislamiento y en la comodidad. Sin embargo no logramos superar esas barreras y nos dejamos conducir por los criterios del mundo. Hoy nuevamente Jesús nos recuerda su proyecto de instaurar el Reino de su Padre y nos pide que proclamemos su evangelio y anunciemos que está llegando el Reino de los Cielos. Si nuestro anhelo de compartir brota de la experiencia, como dice San Pablo, de experimentar que estamos sumergidos en el amor de Dios y que nos envuelve el amor de Jesús, no podemos callar ni ocultar esta experiencia. Seremos testigos de amor y anunciaremos forzosamente esta riqueza que no se puede ocultar. Y lo haremos a todos los hombres sin excepciones porque el amor de Jesús sobrepasa todas las barreras y es más profundo, más elevado, más extenso y amplio que toda capacidad humana. En el Amor de Dios todos cabemos sin excepciones y si esto lo hemos experimentado no lo podemos callar.

 

El ejemplo arrastra

 

Nuestra palabra sólo será creíble cuando proclamemos el mensaje íntegro y seamos coherentes en la búsqueda de una vida plena para todos. Por eso el rostro del misionero, del discípulo, debe transparentar el don de la vida que Cristo trae para cada hombre y mujer de nuestro mundo. No podemos ni debemos mutilar el evangelio ni en su contenido ni en sus destinatarios aunque no sea comprendido. Es muy cierto que el discípulo sigue el mismo camino y sufre la misma suerte de Cristo, porque no actúa según una lógica humana o contando con las razones de la fuerza, sino siguiendo la vía de la Cruz y haciéndose, en obediencia filial al Padre, testigo y compañero de viaje de esta humanidad. Pero no debemos temer al fracaso o a la oscuridad porque el mismo Jesús nos hace su promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días”. Que este día mundial de las misiones, nos convirtamos en testigos alegres, coherentes y comprometidos para dar el mismo testimonio de Jesús “para que el mundo crea”. Jesús quiere plenitud en todos los sentidos: todo su poder, todas las naciones, todo su mensaje que implica una plenitud de vida para toda la humanidad. Y no olvidemos su promesa de su presencia todos los días hasta el final de los tiempos.

 

Escucha, Padre Bueno, los clamores de tu pueblo y por la fuerza de tu Espíritu, concédenos que la Buena Noticia de Jesús se extienda por todo el mundo para que toda la humanidad tenga vida plena.  Amén.

 

 + Enrique Díaz Díaz

Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 



Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones 2010

*La construcción de la comunión eclesial es la clave de la misión

 

Queridos hermanos y hermanas:

El mes de octubre, con la celebración de la Jornada mundial de las misiones, ofrece a las comunidades diocesanas y parroquiales, a los institutos de vida consagrada, a los movimientos eclesiales y a todo el pueblo de Dios, la ocasión para renovar el compromiso de anunciar el Evangelio y dar a las actividades pastorales una dimensión misionera más amplia. Esta cita anual nos invita a vivir intensamente los itinerarios litúrgicos y catequéticos, caritativos y culturales, mediante los cuales Jesucristo nos convoca a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía, para gustar el don de su presencia, formarnos en su escuela y vivir cada vez más conscientemente unidos a él, Maestro y Señor. Él mismo nos dice: "El que me ame, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él" (Jn 14, 21). Sólo a partir de este encuentro con el Amor de Dios, que cambia la existencia, podemos vivir en comunión con él y entre nosotros, y ofrecer a los hermanos un testimonio creíble, dando razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Una fe adulta, capaz de abandonarse totalmente a Dios con actitud filial, alimentada por la oración, por la meditación de la Palabra de Dios y por el estudio de las verdades de fe, es condición para poder promover un humanismo nuevo, fundado en el Evangelio de Jesús.


En octubre, además, en muchos países se reanudan las diversas actividades eclesiales tras la pausa del verano, y la Iglesia nos invita a aprender de María, mediante el rezo del santo rosario, a contemplar el proyecto de amor del Padre sobre la humanidad, para amarla como él la ama. ¿No es este también el sentido de la misión?

 

El Padre, en efecto, nos llama a ser hijos amados en su Hijo, el Amado, y a reconocernos todos hermanos en él, don de salvación para la humanidad dividida por la discordia y por el pecado, y revelador del verdadero rostro del Dios que "tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

 

"Queremos ver a Jesús" (Jn 12, 21) es la petición que, en el Evangelio de san Juan, algunos griegos, llegados a Jerusalén para la peregrinación pascual, presentan al apóstol Felipe. Esa misma petición resuena también en nuestro corazón durante este mes de octubre, que nos recuerda cómo el compromiso y la tarea del anuncio evangélico compete a toda la Iglesia, "misionera por naturaleza" (Ad gentes, 2), y nos invita a hacernos promotores de la novedad de vida, hecha de relaciones auténticas, en comunidades fundadas en el Evangelio. En una sociedad multiétnica que experimenta cada vez más formas de soledad y de indiferencia preocupantes, los cristianos deben aprender a ofrecer signos de esperanza y a ser hermanos universales, cultivando los grandes ideales que transforman la historia y, sin falsas ilusiones o miedos inútiles, comprometerse a hacer del planeta la casa de todos los pueblos.

 

Como los peregrinos griegos de hace dos mil años, también los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre de modo consciente, piden a los creyentes no sólo que "hablen" de Jesús, sino que también "hagan ver" a Jesús, que hagan resplandecer el rostro del Redentor en todos los rincones de la tierra ante las generaciones del nuevo milenio y, especialmente, ante los jóvenes de todos los continentes, destinatarios privilegiados y sujetos del anuncio evangélico. Estos deben percibir que los cristianos llevan la palabra de Cristo porque él es la Verdad, porque han encontrado en él el sentido, la verdad para su vida.

 

Estas consideraciones remiten al mandato misionero que han recibido todos los bautizados y la Iglesia entera, pero que no puede realizarse de manera creíble sin una profunda conversión personal, comunitaria y pastoral. De hecho, la conciencia de la llamada a anunciar el Evangelio estimula no sólo a cada uno de los fieles, sino también a todas las comunidades diocesanas y parroquiales a una renovación integral y a abrirse cada vez más a la cooperación misionera entre las Iglesias, para promover el anuncio del Evangelio en el corazón de toda persona, de todos los pueblos, culturas, razas, nacionalidades, en todas las latitudes. Esta conciencia se alimenta a través de la obra de sacerdotes fidei donum, de consagrados, catequistas, laicos misioneros, en una búsqueda constante de promover la comunión eclesial, de modo que también el fenómeno de la "interculturalidad" pueda integrarse en un modelo de unidad en el que el Evangelio sea fermento de libertad y de progreso, fuente de fraternidad, de humildad y de paz (cf. Ad gentes, 8). La Iglesia, de hecho, "es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1).

 

La comunión eclesial nace del encuentro con el Hijo de Dios, Jesucristo, que en el anuncio de la Iglesia llega a los hombres y crea la comunión con él mismo y, por tanto, con el Padre y el Espíritu Santo (cf. 1 Jn 1, 3). Cristo establece la nueva relación entre Dios y el hombre. "Él mismo nos revela que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8) y al mismo tiempo nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y por ello de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina, les da la certeza de que el camino del amor está abierto a todos los hombres y de que no es inútil el esfuerzo por instaurar la fraternidad universal" (Gaudium et spes, 38).

 

La Iglesia se convierte en "comunión" a partir de la Eucaristía, en la que Cristo, presente en el pan y en el vino, con su sacrificio de amor edifica a la Iglesia como su cuerpo, uniéndonos al Dios uno y trino y entre nosotros (cf. 1 Co 10, 16 ss). En la exhortación apostólica Sacramentum caritatis escribí: "No podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Este amor exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en él" (n. 84). Por esta razón la Eucaristía no sólo es fuente y culmen de la vida de la Iglesia, sino también de su misión: "Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera" (ib.), capaz de llevar a todos a la comunión con Dios, anunciando con convicción: "Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros" (1 Jn 1, 3).

 

Queridos hermanos, en esta Jornada mundial de las misiones, en la que la mirada del corazón se dilata por los inmensos ámbitos de la misión, sintámonos todos protagonistas del compromiso de la Iglesia de anunciar el Evangelio. El impulso misionero siempre ha sido signo de vitalidad para nuestras Iglesias (cf. Redemptoris missio, 2) y su cooperación es testimonio singular de unidad, de fraternidad y de solidaridad, que hace creíbles anunciadores del Amor que salva.

 

Renuevo a todos, por tanto, la invitación a la oración y, a pesar de las dificultades económicas, al compromiso de ayuda fraterna y concreta para sostener a las Iglesias jóvenes. Este gesto de amor y de compartir, que el valioso servicio de las Obras misionales pontificias, a las que expreso mi gratitud, proveerá a distribuir, sostendrá la formación de sacerdotes, seminaristas y catequistas en las tierras de misión más lejanas y animará a las comunidades eclesiales jóvenes.

 

Al concluir el mensaje anual para la Jornada mundial de las misiones, deseo expresar con particular afecto mi agradecimiento a los misioneros y a las misioneras, que dan testimonio en los lugares más lejanos y difíciles, a menudo también con la vida, de la llegada del reino de Dios. A ellos, que representan las vanguardias del anuncio del Evangelio, se dirige la amistad, la cercanía y el apoyo de todos los creyentes. "Dios, (que) ama a quien da con alegría" (2 Co 9, 7), los colme de fervor espiritual y de profunda alegría.

 

Como el "sí" de María, toda respuesta generosa de la comunidad eclesial a la invitación divina al amor a los hermanos suscitará una nueva maternidad apostólica y eclesial (cf. Ga 4, 4. 19.26), que dejándose sorprender por el misterio de Dios amor, el cual "al llegar la plenitud de los tiempos, envió (...) a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4, 4), dará confianza y audacia a nuevos apóstoles. Esta respuesta hará a todos los creyentes capaces de estar "alegres en la esperanza" (Rm 12, 12) al realizar el proyecto de Dios, que quiere "que todo el género humano forme un único pueblo de Dios, se una en un único cuerpo de Cristo, se codifique en un único templo del Espíritu Santo" (Ad gentes, 7).

 

Vaticano, 6 de febrero de 2010

 

BENEDICTUS PP. XVI

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